Un sorprendente intercambio de parejas con una escort

Me llamo Hugo, tengo 33 años, estoy divorciado y actualmente no tengo pareja o al menos nada serio. Soy un tipo bastante normal, me gusta cuidarme e ir al gimnasio tres o cuatro días por semana, lo que hace que tenga un buen aspecto en general. Trabajo en una empresa de marketing y hará un año entró a trabajar un nuevo compañero en mi departamento. Su nombre es Pedro, es dos años mayor que yo y es bastante resultón. Desde el principio nos hemos caído bastante bien. Tenemos buenas conversaciones a la hora del café y a medida que hemos afianzado nuestra amistad quedamos algunas veces al salir del trabajo para tomar unas cervezas. Un viernes después de un día complicado en la oficina quedamos para tomar algo. Esa tarde necesitábamos desconectar y una cerveza llegó tras otra. Lo que no esperaba es como acabó la noche.

Pedro está casado y me contó, entre cerveza y cerveza, que su mujer y él, quedaban alguna vez que otra con otras parejas para hacer intercambio. Como es lógico, no me esperaba algo así, y a medida que iba hablando,  yo me excitaba más y más. Conocí a su mujer una vez que vino a buscarlo al trabajo y me pareció una chica que no estaba nada mal. De hecho era una mujer morena, atractiva y con un cuerpo de generosas curvas y mirada penetrante. Aquel día llevaba un vestido negro escotado que insinuaba unas buenas tetas con unos zapatos de tacón que estilizaban su figura. Yo estaba ensimismado en la conversación cuando sonó el móvil de Pedro. Era Ana, su mujer.

Cuando Pedro colgó el teléfono me miró con una sonrisa picara y me dijo que su mujer llegaría de un momento a otro. Un súbito nerviosismo recorrió mi cuerpo. Después de lo que me había confesado, que su mujer viniese a tomar algo con nosotros me producía una mezcla de sensaciones. Pedro parecía excitado y me dijo que podíamos ir a cenar los cuatro juntos. ¿Los cuatro? “Pedro, ya sabes que no tengo pareja” le dije. El me miro a los ojos y con una sonrisa socarrona me enseñó su móvil, en la pantalla pude ver una web que ponía algo así como escort Valencia. Yo le miré sorprendió y él me dijo, ¿quieres pasar una noche inolvidable? Yo no respondí, pero la expresión de mi cara debía decirlo todo, claro que si, donde hay que firmar, pensé. Pedro, sin mediar palabra llamó al número que aparecía en pantalla y hablo con alguien, yo ya llevaba varias cervezas encima y no me percate de nada de lo dijo. Una vez terminó de hablar volvió a dirigirme la mirada y me dijo que en una media hora llegaría mi novia. Esther, la escort, sería mi preciosa y enamorada novia esa noche y debía presentarla como tal tanto a Ana como a él. Yo no daba crédito, Pedro acaba de contratar a una escort para cenar esa noche con ellos. Ahora sí que estaba nervioso.

Por suerte la escort llegó antes que Ana y así pude hablar algo con ella, por nada del mundo quería que la mujer de Pedro sospechara que era una escort. Cuando la escort entró en la cervecería, todos los hombres que allí estaban se quedaron boquiabiertos al ver una mujer tan guapa y elegante. Después de las presentaciones, Pedro tomó el control de la situación y explicó a la escort que rol debía desempeñar esa noche. Pedro fue al baño, no en vano, había bebido por lo menos el doble de cervezas que yo. En ese breve espacio de tiempo, la escort y yo tuvimos una animada conversación. Esther, dudo que ese fuera su nombre real, tendría unos 28 o 29 años, y además de ser un auténtico bombón, era un encanto de chica. Sabía que Esther era una escort, pero sé que le caí bien, había filing,  esas cosas se notan. Justo cuando Pedro volvió del baño, llegó Ana y se unió a nosotros. Ese fue el otro momento de subidón, me preguntaba si se daría cuenta de nuestro plan. Después de las presentaciones y las pertinentes cortesías hablamos de ir a cenar a un restaurante cercano.

La cena transcurrió entre risas y regada con un buen vino tinto. Porque comer lo que es comer, muy poco, al menos yo. En el postre ya estábamos los cuatro con una buena. Si no recuerdo mal nos ventilamos tres botellas de un fantástico vino Ribera del Duero. Dejamos el restaurante entre risas y con muchas ganas de fiesta. Paramos en un pub cercano y pedimos unos Gin Tonics. Yo lo estaba pasando genial y ya no estaba tan nervioso, de hecho me encontraba muy a gusto. Sin saber muy en qué momento, la conversación se fue centrando en el sexo. Las dos chicas estaban sentadas una al lado de la otra, más pegadas de lo que cualquier protocolo aconseja. Pedro, que era el que lideraba el grupo, propuso que fuésemos a tomar algo a su casa, que allí estaríamos más cómodos y tenían bebida de sobra. Las chicas dijeron que si con mirada cómplice.

La casa de Pedro y Ana era un apartamento en la zona nueva de Valencia. El piso no era muy grande, pero era muy acogedor y tenía unos muebles con un marcado estilo minimalista. Cuando nos acomodamos en el salón, Pedro me hizo un gesto para que le ayudase a preparar unas copas. Estábamos en la cocina y me dijo con una naturalidad sorprendente, “quiero te folles a mi mujer”, hace tiempo que lo tengo en mente. Ahora vamos a disfrutar viéndolas a ellas juntas y después quiero ver cómo te lo montas con Ana. No dije nada, entre las copas, la excitación y lo alucinado que estaba, no era capaz de articular palabra.

La escort era una chica fantástica, además de ser muy guapa, era muy alegre y cariñosa. Había encajado a las mil maravillas con Ana. Entre ellas había una atracción sexual que ya se adivinada en el restaurante. Por suerte para Pedro y para mi, ambas mujeres bebieron lo suficiente para desinhibirse y dejarse llevar por la situación. No dije cómo iban vestidas estas dos diosas, mea culpa. Empezaré por Ana. La sensual mujer de mi compañero llevaba una blusa ajustada de un tono azul claro donde sus tetas parecían estar a punto de arrancar los botones, llevaba también una minifalda negra ajusta, unas medias de red y unos zapatos de tacón con una ligera plataforma que le ayudaba a lograr una altura muy interesante. Esther, en cambio llevaba un vestido de color morado sin escote pero muy ceñido al cuerpo, el vestido le llegaba a las rodillas y llevaba unos tacones muy finos. Esther era una escort elegante, sexy y muy educada, realmente daba gusto estar con ella.

Cuando Pedro y yo llegamos al salón me quedé completamente petrificado, lo que estaba viendo era realmente impresionante y excitante. Las dos mujeres, Esther, rubia con el pelo recogido y Ana, morena con el pelo hasta los hombros, besándose apasionadamente. Ana sujetaba con una mano la cara de Esther y con la otra acariciaba un pecho. Se besaban febrilmente con una mezcla de dulzura y pasión. No sé el tiempo que me quedé allí mirando, pero si recuerdo que Pedro dio la vuelta y apoyo la palma de su mano en mi espada para acompañarme al sofá. Ellas dejaron de besarse y tomaron un trago para después volver a tontear entre risas y coqueteos. Pedro se sentó al lado de Esther y me indico que yo lo hiciera al lado de su mujer. Pedro comenzó a acariciar los pechos de Esther y con la mirada me indico que hiciera lo mismo con su mujer. Ana, viendo que yo estaba muy cortado tomó la iniciativa. Puso mi mano en uno de sus pechos y mi corazón empezó a latir sin medida. Ana me beso y sentí como su húmeda lengua jugaba con la mía dentro de mi boca. Fue maravilloso, me excite muchísimo y ella me acarició la polla por encima del pantalón. Ana se puso en pie y se desnudo, tenía un cuerpo rellenito y con unas tetas grandes pero muy bien puestas. Me cogió de la mano y me puse en pie, ella seguía con los tacones puestos y eso me resultaba muy sexi, me bajo los pantalones, se puso de cuclillas y empezó a chupar mi polla empalmada. Me la chupaba con locura y con determinación, tuve que esforzarme para no correrme. A mí lado, Esther también le estaba chupando la polla a Pedro, aunque ellos seguían sentados en el sofá. Ana dejo de chupármela y me tiro en el sofá, me puso un condón y se subió encima de mi introduciéndome la polla en su ardiente coño húmedo. Empezó a moverse a la vez que besaba a Pedro y luego a Esther. Ellos siguieron nuestros pasos y los cuatro acabamos follando en el mismo sofá. Yo no sabía que me excitaba más, si estar follándome a la mujer de mi amigo o ver como lo hacía Pedro con la escort que contrató horas antes. Me encantaban las tetas de Ana, no hacía más que tocarlas y comerlas. Justo antes de corrernos, Ana me dijo al oído que desde el día que nos conocimos en la oficina tenía la fantasía de follar conmigo. En ese instante no puede más y me corrí como nunca. Ella se tocaba el coño con mi polla dentro hasta que llego al orgasmo con un grito ensordecedor. La parejita que teníamos al lado también había terminado.

Casi sin decir nada, Ana y Pedro se fueron y nos dejaron a Esther y a mí solos en el salón. Pedro me contaría más tarde que se fueron a follar porque les ponía muy cachondos hacerlo después de un intercambio. Una vez solos, Esther me beso en la boca, primero suavemente y después con más intensidad. La escort parecía estar muy cachonda y pronto empezó a chuparme la polla. Me pidió que me pusiera encima y en ese preciso instante me di cuenta de que tenía unos preciosos ojos verdes y unos labios sexis y sugerentes. Empezamos a hacerlo, pero de un modo que no me esperaba, era como si Esther necesitase más un abrazo que un buen polvo. Al terminar me pidió que la volviese a llamar y yo le dije que sí con un gesto. No le convenció y me lo volvió a pedir. Esta vez le dije si con rotundidad.

El lunes siguiente a la hora del café, Pedro me dijo que había sido una gran noche y que le había caído muy bien a Ana, y por supuesto mi novia Esther. Ambos nos miramos entre cómplices sonrisas. Esta es la historia más apasionante de mi vida hasta la fecha. Volveré a llamar a Esther y quizá volvamos a quedar con Ana y Pedro. Pero esa será otra historia.

Carta a una sumisa (parte 2)

Lee antes la primera parte de este relato erótico.

Los primeros fustazos para bajarte los ardores los aplico sobre tus tetas que se llenan de marcas de manitas. Son las marcas producidas por la pequeña mano de la punta de la fusta. Los siguientes, tratando de alcanzar entre tus labios vaginales tus partes más sensibles y excitables. Mi pene alcanza su máxima dureza y verticalidad. Finalmente, comienzo a flagelar tus nalgas y tus muslos. Especialmente la cara interna de los mismos, por su mayor sensibilidad. Esta vez la cuenta es al revés. Cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y ocho… Y no hay ritmo para que nunca sepas cuando vas a recibir: muchos muy seguidos o golpes espaciados. Las marcas rectas del cuerpo de la fusta sobre tu carne, dejando anchas líneas violáceas sobre rojo y que cubren todos tus muslos y trasero, consiguen enardecerme. Voy alcanzando la máxima excitación sexual al tiempo que acaba tu castigo,…cuatro, tres, dos, uno. Más caricias, besos, masturbación, masturbación, masturbación… Estás al límite. Solicitas tu orgasmo y te lo niego, lo harás cuando yo te lo ordene. Dejo de estimularte y te penetro en la vagina y en el recto alternativamente. Acelerando y aumentando la violencia. Lo prolongo los minutos que puedo y tu te aguantas. Te ordeno que te corras y estallamos brutalmente. Espasmos, convulsiones, mi eyaculación, tu culminación y nuestro éxtasis.

La vara o cane nos lleva a nuestros límites. Al límite de tu dolor y al de mi excitación sexual. Ya sabes que me gusta utilizar la varita de bambú. La parte superior de la pequeña caña de pescar desmontable. Es fina, muy fina. Por eso se concentra toda la fuerza en un milímetro y la presión sobre tu carne es máxima. ¿Recuerdas cuando la probamos? El leve golpecito inicial sobre tu grupa te hizo gritar y saltar de dolor. No esperábamos que te causara tal escozor ni que dejara huella. ¡Y cómo te rascabas! Ahora te vendo los ojos y te ato antes de utilizarla. Así, tu sensación de indefensión es absoluta. Estimulo tu ansiedad descargándola con fuerza hacia el suelo y haciéndola zumbar junto a tus oídos. Tu pánico te hace estremecerte y noto como tiemblan tus piernas y tus brazos. Entonces intento aplacar tu terror acariciando tu cuerpo. Comienzo a flagelarte y a extasiarme. Las marcas que voy dejando me arrebatan. Querría dibujar todo tu cuerpo, pero sé que no podré. Estoy al borde. Tendré que contenerme para no hacer manar tu sangre. Ya sabes que no me gusta. Ni tampoco dejarte señales que duren más de un día. Soplas. Oyes el chasquido del siguiente azote y soplas. Los haces coincidir con tu soplido para amortiguar tu sufrimiento, pero tu quemazón aumenta. Tus lágrimas sobrepasan la venda. Las señales que voy dejando me fascinan, me ciegan, me encandilan. Se que no llegaré. Estoy al límite. Me embriaga la visión de las líneas y punzadas surcando las carnes del sereno mar de tu piel. No puedo contenerme y estallo en un orgasmos involuntario, irrefrenable y fastuoso. Cuando me repongo me ocupo de ti y noto tu humedad. Esta vez tu excitación es solamente por dolor. Sin estimulación genital. Te abrazo, te beso y me ofrezco a masturbarte… No hace falta. Tú también te corres sola, dulcemente… Y es entonces cuando mayor es mi cariño, mi gratitud y mi admiración por ti. Solamente superados cuando te entregas por mí a otro hombre para que pueda usarte como yo. Pero esa es otra historia.

Carta a una sumisa (parte 1)

Querida sumisa:

El principal sentimiento que en mí despierta la relación D/s es el de posesión. Cuanto mayor es tu entrega, mayor es mi sensación de posesión. Tu entrega es la que hace que yo posea tu cuerpo y tu mente. Te me das y pasan a ser míos. A partir de ahí uso mi posesión para mi disfrute, jugando, experimentando, descubriendo, creando nuevas formas de deleite con tu humillación, tu dolor o tu placer. Y cuanto más superas tus límites y mayor es tu entrega, mayor es mi cariño, mi admiración y mi gratitud hacia ti. Las prácticas de D/s no son más que una forma de que me expreses esa entrega y, por ende, de que yo conozca la magnitud de mi posesión. Básicamente consisten en humillarte, castigarte y entregarte a otro para que pueda usarte como yo. Esto último es la máxima expresión de mi posesión, ya que sólo puedo entregar lo que me pertenece.

Disfruto sometiéndote psicológicamente a mí, haciéndote pasar por situaciones que te resultan humillantes. Eres mía como una esclava, como un animal, como un objeto. No eres nada. Tu voluntad me pertenece y puedo hacerte actuar como yo quiera, como hacen los niños con sus juguetes. Me emociona el erotismo que emanas por tu obligación exhibir siempre tus pechos, tu culo y tu pubis desnudos y depilados, sea con corsé, con otras prendas íntimas o totalmente desnuda. Obligarte a estar siempre por debajo de mí, de rodillas o a cuatro patas, con tu mirada a la altura de mis genitales, o con tu cara pegada al suelo y tu culo en lo alto. Utilizarte como alfombra, taburete, cenicero o mesa. Hacerte pasear tirando de ti por la cadena de tu collar de perra, de pié o a cuatro patas y con un objeto sobresaliendo de tu ano, a modo de rabo. Someterte a humillantes inspecciones de tu boca, oídos, vagina o recto. Exigirte que me pidas permiso para todo lo relacionado con tu intimidad: tocarte, excitarte, correrte, o ir al baño. Avergonzarte haciéndote orinar siempre en mi presencia y en la postura que te mande, de pié, de rodillas o acostada, u obligándote a recibir mi lluvia dorada.

Mi posesión de ti también me permite disfrutar castigándote para mi placer, con ataduras, pinzas, pesos o azotes. Experimento una escala de sensaciones que van desde la ternura de la caricia hasta casi el sadismo cuando aprieto las cuerdas sobre tu cuerpo. Cuando, acostada, te ato las piernas en alto separadas sobre tu cabeza, dejando expuestos tus pechos, tus nalgas, tu ano y tu sexo a mis roces, manoseos o pellizcos. Cuando te hago sentir mi fuerza apretando la cuerda sobre tu cuerpo hasta notar por tus expresiones de dolor que has superado tu límite. Especial excitación me produce apretar la cuerda, el cable o el alambre alrededor de tus pechos y observar sus cambios de color: blanco, rosa, rojo, violeta… También cuando cubro o te obligo a cubrir tus pechos de apretadas pinzas y tus labios vaginales, que dejo abiertos sujetando los extremos de las pinzas a tus muslos con cinta adhesiva, y tu clítoris, coronado con la última pinza, para después sacudirlas con mis manos y hacértelas quitar una a una disfrutando con tus gestos de dolor. Y cuando coloco los pesados plomos a las pinzas que sujetan los labios de tu vulva y los estiran hacia el suelo deformándolos grotescamente. Entonces te hago balancearlos y girarlos, sin que se te caigan, ridiculizándote con obscenidades para aumentar mis burlas y tu humillación, mi placer y tu dolor. Después, mi agradecimiento por tu entrega en forma de besos, caricias, masajes, masturbación, sexo oral, penetración, orgasmos…

Los azotes son consubstanciales a nuestras experiencias porque incluyen dominio psicológico, humillación, dolor y excitación sexual. Someterte mansamente a la flagelación implica un grado superior en tu entrega y, por ello, azotarte aumenta mi sensación de poder sobre ti. Cuando castigo a la niña que llevas dentro, cara a la pared, de rodillas, orejas de burra…, me gusta acabar propinándole una azotaina erótica. Te coloco sobre mis piernas, estando yo sentado, de manera que tu rajita roce con mi rodilla y antes de comenzar ya noto que aumentas la presión sobre tu clítoris. Utilizo mi mano abierta o un instrumento de amplia superficie, como una pala de madera o cuero, que combino con caricias manuales. Comienzo el enrojecimiento uniforme de tus nalgas golpeando lentamente tu pandero. Tú sigues mi ritmo frotando el conejito a la derecha y a la izquierda. Primero con cierto disimulo, después, cuando aumento la velocidad y el color de tu grupa supera el rosa, de arriba abajo, cada vez más deprisa. Manoseo tus tetas y tus ya templadas posaderas. Tu ansiedad por correrte aumenta al tiempo que aumentan la intensidad y cantidad de mis palmadas. Mueves el culo en todas direcciones, en círculos, al norte, al sur, a la derecha y a la izquierda, buscando masturbarte con mi rótula, que corre el riesgo de salir volando. Acaricio una vez más tu culo que ya está rojo y muy caliente. Finalmente, te dejo acariciarte, echada sobre tu espalda, al tiempo que descargo una lluvia de fuertes palmetazos sobre tus muslos y nalgas. Te rascas, casi arañas, tu hermosa pepitilla a la vez que introduces tus dedos en tu coño. Palpitas, jadeas, gimes, gritas y bramas con tu orgasmo.

Otras veces los azotes son de castigo. Con motivo o porque me apetece. Para obtener mi placer a través de tu dolor. La sensación que me produce descargarlos sobre tu delicado cuerpo es de excitación sexual. Te ordeno que adoptes la postura y tú te sometes mansamente. Doblada, inclinada, con tus senos colgando, ofrecidos para la cubana masturbación. Tu culo en alto, a la altura de mi pene, invitando a la sodomización. Tus piernas abiertas, con los labios de tu vulva separados, mostrando toda tu sonrosada raja: labios menores, meato, clítoris, orificio vaginal. Lista para ser violada. Mi carne varonil comienza a crecer con sólo mirarte en esa postura.

Comienzo con el gato de colas. Fuerte. Procuro mi estimulación genital causándote dolor. Tú aguantarás gimiendo ahogadamente porque sabes que después te tocaré. Te he adiestrado para que relaciones tu dolor a tu placer. Estímulo, respuesta. Golpeo con ritmo y contundencia tu espalda, piernas y trasero, para que esperes cada azote, lo cuentes, lo agradezcas y pidas el siguiente. Uno,…, diez…, treinta, que estimulan tu respuesta: la segregación de flujo vaginal. Paro a contemplar las líneas rosas del dibujo que he marcado en el lienzo de tu cuerpo. Aumenta mi erección y me masturbo con tus pechos y tu boca. Aumenta tu ansiedad y pides más contoneando tu trasero. Tu flujo hace brillar tu depilado sexo. Descargo otra tanda y compruebo tu humedad con mis manos. Te excitas con mi dedo en tu vagina, con la palma de mi mano entre tus labios, con mis yemas dactilares sobre el clítoris. Jadeas como si fueras a correrte y tengo que intentar enfriarte pellizcándolo y volviendo a tu castigo. Los azotes de esta serie rellenan los espacios de las marcas anteriores. Aparecen amplias manchas que van del rosa al rojo de la piel más castigada. Esa cuya vista endereza al máximo mi verga. Las acaricio en tu espalda, nalgas, muslos… Compruebo que tus caldos ya chorrean por tus piernas y procedo a limpiarlas con mi lengua. Vuelve tu calentura y va subiendo y subiendo conforme acerco mis lamidas a tu cueva. Nuevamente tengo que enfriarte y lo hago introduciendo en tu ano mis dedos con violencia. Sientes como si se desgarrara y emites un aullido. Lo dilato manipulando tu orificio con pulgares, saliva, índices y corazones, más saliva y también caben los anulares. Lo penetro con mi polla y termino de adaptarlo a mi instrumento para penetraciones posteriores. Lo lamo con cariño y te estremeces. Sigo lamiendo para limpiar de flujos tu rajita. Largas lamidas en todas las zonas interiores de tu vulva hasta alcanzar tu pepitilla, donde alterno succiones y masturbaciones con mi lengua. Nuevamente te aproximas al orgasmo y tengo que frenarlo para prolongar tu excitación y mi placer. Te enfriaré con la fusta. La maravillosa fusta que te asemeja al noble bruto, a la yegua sometida por su amo.

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Sumisa Anna

Sumisa Anna

Aquella noche había quedado con Anna para cenar, le dije que la vendría a recoger al trabajo sobre las ocho, que es cuando termina, tambien le dije que ese dia se vistiera con un vestido y al salir del trabajo se quitara las bragas.

Siempre obedece y nunca pregunta, es una norma, y la cumple escrupulosamente.

A las ocho en punto estaba esperándola dentro del coche, no tardó en salir, entró dentro del coche y me dio un beso, no sin antes subirse la falda para que su culo tocara la piel del asiento, una norma que también tenía como “O”.

Durante el trayecto estuvimos hablando del trabajo, de su madre y de la película que le gustaría ir a ver este fin de semana.

Iba mirando el asiento de atrás donde yo había depositado con toda intención una bolsa de Loewe, por supuesto no pregunto nada, pero la dejó intrigada, y a que mujer no?.

Llegamos a mi restaurante favorito en Barcelona. Entramos, ya había reservado, nos sentamos y nos tomaron nota. Yo había dejado la bolsa de Loewe en el suelo, ella seguia mirandola. Después de cenar y antes del postre le dije: este es un regalo para ti, quiero que vayas al servicio y te lo pongas, es tu nueva ropa interior.

Sonriendo cogió la bolsa se levantó con la elegancia que le caracteriza, todo el mundo la miró y se fué al servicio.

Os contaré lo que había en la bolsa: era un cinturón de castidad que llevaba incorporado un plug anal y otro vaginal, que se ajustaba perfectamente a su cuerpo, sabía perfectamente sus medidas así que no tenia que tener ningun problema al ponerlo y se cerraba con un pequeño candado, pero lo mejor era que llevaba un circuito con el que yo a través de un mando a distancia podía activar pequeñas descargas o vibraciones.

Tardó unos minutos a salir, estaba convencido que la sorpresa había sido mayúscula.

De repente con una sonrisa salió del servicio mirando a todo el mundo que la miraba, arrogante, un camarero la ayudó a sentarse.

Anna me miró, notaba que se sentía incómoda con aquello pero complacida de obedecer. Saqué de mi bolsillo el mando a distancia y lo dejé encima de la mesa, Anna lo miró, comía el postre sin ningún gesto, ya solo miraba su plato. Esperaba que yo activará el mando.Pero no lo hice.

Ordené que me fueran a buscar el coche y nos fuimos a escuchar Jazz, sabía que a Anna el jazz no le gustaba, pero a mi si y tenia ganas de escuchar jazz , además ella la música ya la tenia asegurada. Entramos al local y nos sentamos, Anna seguía sin decir nada, empezó el concierto yo agarre el mando y empecé a llevar el ritmo activando y desactivando los botones. Anna estaba totalmente quieta, cerraba los ojos y notaba como apretaba sus piernas. Mientras, yo con mi otra mano le iba tocando el muslo, así estuve largo rato, casi todo el concierto.Anna no dijo nada.

Al llegar a casa la desnudé vi su magnífico cuerpo enfundado en aquel artilugio infernal, la hice estirar a la cama y le fui quitando el cinturón poco a poco, lentamente, ella gemía, es muy sensual, cuando quedó liberada su cuerpo descansaba entre las sábanas, la llamé , le puse su collar, su mordaza y como premio le comí todo su sexo hasta hacerla correr, despues la follé hasta que me corrí. Le quité su mordaza, me abrazó y me dió las gracias. Aquella noche dormimos estupendamente, lo que más me gusta de Anna es que no hace preguntas, acepta todas mis fantasías, porque confía en mí.

Mi nueva secretaria

Soy un hombre de 50 años, trabajo en el mundo de la moda, vivo en Barcelona, en mi oficina trabajan conmigo 26 mujeres, ningún hombre, mi liderazgo es respetado porque todas las decisiones que tomó en relación a la estrategia de empresa siempre son positivas, todas las mujeres que trabajan conmigo saben que todas son importantes para mi, las trato con una exquisita educación y nunca tengo ninguna actitud machista, lo que me hecho ganar una leyenda de hombre perfecto.Todas, exceptuando una, Sofía,no saben quien soy ni como soy en verdad, luego os contaré porqué.

Soy sumiso, me gusta la dominación femenina y ahora soy esclavo de Sofía, la última secretaria de dirección que ha entrado en la empresa, mi secretaria particular, 36 años, inteligente, morena y muy guapa, estoy a su merced, desde que descubrió mi secreto mi vida ha cambiado, no soy el mismo, no soy yo, no sé lo que soy, si, soy de ella.

Os contaré: el otro dia tenia una reunión de empresa en mi despacho a las 12pm, para planificar una estrategia de lanzamiento de un producto, sobre las 11,45 entró Sofia en mi despacho y cerró con llave. Me ordenó que me levantara de la silla, se acercó me bajó los pantalones y slip, me dejó de pie mientras ella se sentaba en la mesa del despacho.Sacó de su chaqueta un larga y pequeña cadena con dos pequeños candados, lo tiró todo encima de la mesa, me miró con aquella sonrisa que conozco, que tanto me asusta y me tiene poseído. Acto seguido me dijo: hoy te lo vas a pasar bien en la reunión, al menos yo si, se arrodillo delante de mí y empezó a enrollar la cadena en mis testiculos, despues puso uno de los pequeños candados apretando fuertemente para que no me lo pudiera quitar, te duele?, no conteste, seria inutil. Me hizo sentar en mi silla, me subió los pantalones sin subir la bragueta, acto seguido me hizo juntar las piernas y enrollo el resto de la cadena debajo de mis tobillos fuertemente y puso el otro candado.Como podéis imaginar, quedé completamente inmóvil, no me podía levantar, si lo hacia mis huevos serían arrancados.

Una vez que acabó, se fue hasta la puerta se giró y me dijo un hasta luego, sonriendo.

Me quedé helado, no sabia que hacer, estaba claro lo que quería, eran casi las doce, mis nervios eran evidentes, nunca me había encontrado en una situación así, siempre le había dicho a Sofía que en el trabajo NO, pero como siempre , ella mandaba, no tenía nada que hacer.

De repente se abrió la puerta, entraron las cinco mujeres de marqueting y se sentaron delante de mi mesa de despacho, como siempre, empezaron hacer bromas, como siempre , pero me miraban de una forma rara, yo no sabia porque , esperaron a que yo empezara la reunión, creo que no notaban nada, pero sus miradas eran diferentes, una de ellas me preguntó si pasaba algo, como pude termine la reunión, se fueron y entró Sofía, me tiro la llave del candado de los pies y me dijo: el otro te lo quitarás en casa, ah!! y sabes porque te miraban raro?….. les he dicho a todas que ayer te pillaste tu polla con la cremallera de los pantalones y que me lo habías dicho esta mañana en la cafetería en plan broma pero yo me lo habia creido, volvió a cerrar la puerta y se fué.

No sabéis lo mal que lo pasé en la reunión.

Nadie sabe lo nuestro y desde hace cuatros meses vive en mi casa.

Esa noche llegué a casa con los huevos bien atados y la cadena dentro de mi calzoncillo, al entrar ya supe que Sofía estaba en casa, me había dejado en el recibidor mi collar, siempre que lo hacía era porque quería que me lo pusiera y me desnudara antes de pasar a la sala, así lo hice, entré, desnudo, con los huevos atados y cadena en mano. Sofía estaba sentada en el sofá, se había puesto un corpiño no llevaba bragas, ella sabia que despues de lo de esta mañana tenía que recompensar. Me dijo que me acercara, me arrodillo delante de ella, abrió las piernas y me dijo: lame mi sexo tanto como quieras, hasta que me corra. Así lo hice, esa fue mi recompensa, no me dejó correr, me quitó la cadenita y me puso mi chastity hasta el dia siguiente para que no me pajeara, me pasé toda la noche haciendome pajas mentales mientras ella dormía a mi lado, feliz, esperando su nueva fechoría.

Os seguiré contando cosas de Sofía.

Un saludo.