Relato erotico de sumisa

Carta a una sumisa (parte 2)

Lee antes la primera parte de este relato erótico.

Los primeros fustazos para bajarte los ardores los aplico sobre tus tetas que se llenan de marcas de manitas. Son las marcas producidas por la pequeña mano de la punta de la fusta. Los siguientes, tratando de alcanzar entre tus labios vaginales tus partes más sensibles y excitables. Mi pene alcanza su máxima dureza y verticalidad. Finalmente, comienzo a flagelar tus nalgas y tus muslos. Especialmente la cara interna de los mismos, por su mayor sensibilidad. Esta vez la cuenta es al revés. Cincuenta, cuarenta y nueve, cuarenta y ocho… Y no hay ritmo para que nunca sepas cuando vas a recibir: muchos muy seguidos o golpes espaciados. Las marcas rectas del cuerpo de la fusta sobre tu carne, dejando anchas líneas violáceas sobre rojo y que cubren todos tus muslos y trasero, consiguen enardecerme. Voy alcanzando la máxima excitación sexual al tiempo que acaba tu castigo,…cuatro, tres, dos, uno. Más caricias, besos, masturbación, masturbación, masturbación… Estás al límite. Solicitas tu orgasmo y te lo niego, lo harás cuando yo te lo ordene. Dejo de estimularte y te penetro en la vagina y en el recto alternativamente. Acelerando y aumentando la violencia. Lo prolongo los minutos que puedo y tu te aguantas. Te ordeno que te corras y estallamos brutalmente. Espasmos, convulsiones, mi eyaculación, tu culminación y nuestro éxtasis.

La vara o cane nos lleva a nuestros límites. Al límite de tu dolor y al de mi excitación sexual. Ya sabes que me gusta utilizar la varita de bambú. La parte superior de la pequeña caña de pescar desmontable. Es fina, muy fina. Por eso se concentra toda la fuerza en un milímetro y la presión sobre tu carne es máxima. ¿Recuerdas cuando la probamos? El leve golpecito inicial sobre tu grupa te hizo gritar y saltar de dolor. No esperábamos que te causara tal escozor ni que dejara huella. ¡Y cómo te rascabas! Ahora te vendo los ojos y te ato antes de utilizarla. Así, tu sensación de indefensión es absoluta. Estimulo tu ansiedad descargándola con fuerza hacia el suelo y haciéndola zumbar junto a tus oídos. Tu pánico te hace estremecerte y noto como tiemblan tus piernas y tus brazos. Entonces intento aplacar tu terror acariciando tu cuerpo. Comienzo a flagelarte y a extasiarme. Las marcas que voy dejando me arrebatan. Querría dibujar todo tu cuerpo, pero sé que no podré. Estoy al borde. Tendré que contenerme para no hacer manar tu sangre. Ya sabes que no me gusta. Ni tampoco dejarte señales que duren más de un día. Soplas. Oyes el chasquido del siguiente azote y soplas. Los haces coincidir con tu soplido para amortiguar tu sufrimiento, pero tu quemazón aumenta. Tus lágrimas sobrepasan la venda. Las señales que voy dejando me fascinan, me ciegan, me encandilan. Se que no llegaré. Estoy al límite. Me embriaga la visión de las líneas y punzadas surcando las carnes del sereno mar de tu piel. No puedo contenerme y estallo en un orgasmos involuntario, irrefrenable y fastuoso. Cuando me repongo me ocupo de ti y noto tu humedad. Esta vez tu excitación es solamente por dolor. Sin estimulación genital. Te abrazo, te beso y me ofrezco a masturbarte… No hace falta. Tú también te corres sola, dulcemente… Y es entonces cuando mayor es mi cariño, mi gratitud y mi admiración por ti. Solamente superados cuando te entregas por mí a otro hombre para que pueda usarte como yo. Pero esa es otra historia.

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