relato de sumisa

Carta a una sumisa (parte 1)

Querida sumisa:

El principal sentimiento que en mí despierta la relación D/s es el de posesión. Cuanto mayor es tu entrega, mayor es mi sensación de posesión. Tu entrega es la que hace que yo posea tu cuerpo y tu mente. Te me das y pasan a ser míos. A partir de ahí uso mi posesión para mi disfrute, jugando, experimentando, descubriendo, creando nuevas formas de deleite con tu humillación, tu dolor o tu placer. Y cuanto más superas tus límites y mayor es tu entrega, mayor es mi cariño, mi admiración y mi gratitud hacia ti. Las prácticas de D/s no son más que una forma de que me expreses esa entrega y, por ende, de que yo conozca la magnitud de mi posesión. Básicamente consisten en humillarte, castigarte y entregarte a otro para que pueda usarte como yo. Esto último es la máxima expresión de mi posesión, ya que sólo puedo entregar lo que me pertenece.

Disfruto sometiéndote psicológicamente a mí, haciéndote pasar por situaciones que te resultan humillantes. Eres mía como una esclava, como un animal, como un objeto. No eres nada. Tu voluntad me pertenece y puedo hacerte actuar como yo quiera, como hacen los niños con sus juguetes. Me emociona el erotismo que emanas por tu obligación exhibir siempre tus pechos, tu culo y tu pubis desnudos y depilados, sea con corsé, con otras prendas íntimas o totalmente desnuda. Obligarte a estar siempre por debajo de mí, de rodillas o a cuatro patas, con tu mirada a la altura de mis genitales, o con tu cara pegada al suelo y tu culo en lo alto. Utilizarte como alfombra, taburete, cenicero o mesa. Hacerte pasear tirando de ti por la cadena de tu collar de perra, de pié o a cuatro patas y con un objeto sobresaliendo de tu ano, a modo de rabo. Someterte a humillantes inspecciones de tu boca, oídos, vagina o recto. Exigirte que me pidas permiso para todo lo relacionado con tu intimidad: tocarte, excitarte, correrte, o ir al baño. Avergonzarte haciéndote orinar siempre en mi presencia y en la postura que te mande, de pié, de rodillas o acostada, u obligándote a recibir mi lluvia dorada.

Mi posesión de ti también me permite disfrutar castigándote para mi placer, con ataduras, pinzas, pesos o azotes. Experimento una escala de sensaciones que van desde la ternura de la caricia hasta casi el sadismo cuando aprieto las cuerdas sobre tu cuerpo. Cuando, acostada, te ato las piernas en alto separadas sobre tu cabeza, dejando expuestos tus pechos, tus nalgas, tu ano y tu sexo a mis roces, manoseos o pellizcos. Cuando te hago sentir mi fuerza apretando la cuerda sobre tu cuerpo hasta notar por tus expresiones de dolor que has superado tu límite. Especial excitación me produce apretar la cuerda, el cable o el alambre alrededor de tus pechos y observar sus cambios de color: blanco, rosa, rojo, violeta… También cuando cubro o te obligo a cubrir tus pechos de apretadas pinzas y tus labios vaginales, que dejo abiertos sujetando los extremos de las pinzas a tus muslos con cinta adhesiva, y tu clítoris, coronado con la última pinza, para después sacudirlas con mis manos y hacértelas quitar una a una disfrutando con tus gestos de dolor. Y cuando coloco los pesados plomos a las pinzas que sujetan los labios de tu vulva y los estiran hacia el suelo deformándolos grotescamente. Entonces te hago balancearlos y girarlos, sin que se te caigan, ridiculizándote con obscenidades para aumentar mis burlas y tu humillación, mi placer y tu dolor. Después, mi agradecimiento por tu entrega en forma de besos, caricias, masajes, masturbación, sexo oral, penetración, orgasmos…

Los azotes son consubstanciales a nuestras experiencias porque incluyen dominio psicológico, humillación, dolor y excitación sexual. Someterte mansamente a la flagelación implica un grado superior en tu entrega y, por ello, azotarte aumenta mi sensación de poder sobre ti. Cuando castigo a la niña que llevas dentro, cara a la pared, de rodillas, orejas de burra…, me gusta acabar propinándole una azotaina erótica. Te coloco sobre mis piernas, estando yo sentado, de manera que tu rajita roce con mi rodilla y antes de comenzar ya noto que aumentas la presión sobre tu clítoris. Utilizo mi mano abierta o un instrumento de amplia superficie, como una pala de madera o cuero, que combino con caricias manuales. Comienzo el enrojecimiento uniforme de tus nalgas golpeando lentamente tu pandero. Tú sigues mi ritmo frotando el conejito a la derecha y a la izquierda. Primero con cierto disimulo, después, cuando aumento la velocidad y el color de tu grupa supera el rosa, de arriba abajo, cada vez más deprisa. Manoseo tus tetas y tus ya templadas posaderas. Tu ansiedad por correrte aumenta al tiempo que aumentan la intensidad y cantidad de mis palmadas. Mueves el culo en todas direcciones, en círculos, al norte, al sur, a la derecha y a la izquierda, buscando masturbarte con mi rótula, que corre el riesgo de salir volando. Acaricio una vez más tu culo que ya está rojo y muy caliente. Finalmente, te dejo acariciarte, echada sobre tu espalda, al tiempo que descargo una lluvia de fuertes palmetazos sobre tus muslos y nalgas. Te rascas, casi arañas, tu hermosa pepitilla a la vez que introduces tus dedos en tu coño. Palpitas, jadeas, gimes, gritas y bramas con tu orgasmo.

Otras veces los azotes son de castigo. Con motivo o porque me apetece. Para obtener mi placer a través de tu dolor. La sensación que me produce descargarlos sobre tu delicado cuerpo es de excitación sexual. Te ordeno que adoptes la postura y tú te sometes mansamente. Doblada, inclinada, con tus senos colgando, ofrecidos para la cubana masturbación. Tu culo en alto, a la altura de mi pene, invitando a la sodomización. Tus piernas abiertas, con los labios de tu vulva separados, mostrando toda tu sonrosada raja: labios menores, meato, clítoris, orificio vaginal. Lista para ser violada. Mi carne varonil comienza a crecer con sólo mirarte en esa postura.

Comienzo con el gato de colas. Fuerte. Procuro mi estimulación genital causándote dolor. Tú aguantarás gimiendo ahogadamente porque sabes que después te tocaré. Te he adiestrado para que relaciones tu dolor a tu placer. Estímulo, respuesta. Golpeo con ritmo y contundencia tu espalda, piernas y trasero, para que esperes cada azote, lo cuentes, lo agradezcas y pidas el siguiente. Uno,…, diez…, treinta, que estimulan tu respuesta: la segregación de flujo vaginal. Paro a contemplar las líneas rosas del dibujo que he marcado en el lienzo de tu cuerpo. Aumenta mi erección y me masturbo con tus pechos y tu boca. Aumenta tu ansiedad y pides más contoneando tu trasero. Tu flujo hace brillar tu depilado sexo. Descargo otra tanda y compruebo tu humedad con mis manos. Te excitas con mi dedo en tu vagina, con la palma de mi mano entre tus labios, con mis yemas dactilares sobre el clítoris. Jadeas como si fueras a correrte y tengo que intentar enfriarte pellizcándolo y volviendo a tu castigo. Los azotes de esta serie rellenan los espacios de las marcas anteriores. Aparecen amplias manchas que van del rosa al rojo de la piel más castigada. Esa cuya vista endereza al máximo mi verga. Las acaricio en tu espalda, nalgas, muslos… Compruebo que tus caldos ya chorrean por tus piernas y procedo a limpiarlas con mi lengua. Vuelve tu calentura y va subiendo y subiendo conforme acerco mis lamidas a tu cueva. Nuevamente tengo que enfriarte y lo hago introduciendo en tu ano mis dedos con violencia. Sientes como si se desgarrara y emites un aullido. Lo dilato manipulando tu orificio con pulgares, saliva, índices y corazones, más saliva y también caben los anulares. Lo penetro con mi polla y termino de adaptarlo a mi instrumento para penetraciones posteriores. Lo lamo con cariño y te estremeces. Sigo lamiendo para limpiar de flujos tu rajita. Largas lamidas en todas las zonas interiores de tu vulva hasta alcanzar tu pepitilla, donde alterno succiones y masturbaciones con mi lengua. Nuevamente te aproximas al orgasmo y tengo que frenarlo para prolongar tu excitación y mi placer. Te enfriaré con la fusta. La maravillosa fusta que te asemeja al noble bruto, a la yegua sometida por su amo.

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